domingo, 8 de noviembre de 2015

Un escritor. (I)


                   El escritor paseaba deslizándose entre el resto de la gente, ausente y extraño, como el visitante que llega a una gran ciudad y observa como las luces encienden la noche y los olores impregnan las calles con su barniz denso, pesado y viscoso . Observaba, como el  niño que contempla por primera vez el mundo y siente la inmensidad profunda y aterradora de todo aquello que le rodea, de todo aquello que le eleva y que le atrae de una manera inexplicable, magnética, casi mística. 

Miraba hacia todas partes sin conseguir concentrarse en nada. Los coches, la brisa, los charcos,las calles abarrotadas, las respiraciones condensadas… miraba a los seres que pasaban a su alrededor tan mecánicos, tan metálicos, que no dejaban entrever el más mínimo destello de vida; miraba hacia los edificios, se detenía en medio de  las avenidas y escuchaba su sonido  y se maravillaba y un escalofrío le estremecía y entonces se sentía vivo, el resultado de millones de coincidencias que le habían llevado hasta allí, hasta aquel preciso instante, atrapado por el tiempo y las casualidades en aquella ciudad, en aquella avenida, en aquel lado de la acera donde no resultaba más que la irrelevante figura de un hombre tan gris, tan mecánico, tan metálico y tan solo como el resto; donde no resultaba más que una silueta que se alejaba y se perdía entre el vapor y la niebla.

       Sin embargo,  a  él le había sido concedido el don, el extraño don que le hacía capaz de alejarse, perderse y así poder mirar el mundo de manera distinta; poder plasmar la realidad de mil formas, con mil colores, sabores y olores. Podía detener el tiempo con una palabra, podía comenzar de nuevo, podía irse y dejar que la vida se deslizara a través de la tinta y fluyera y se eternizara en los sueños y en las aspiraciones de otros seres nunca antes pensados, nunca antes imaginados; podía plasmar la realidad de un atardecer, de un beso, de un abrazo, de un amor, de la locura; podía también plasmar el dolor de la despedida y el vacío que deja y la duda ante lo que podría haber sido si hubiera continuado con unos puntos suspensivos, con un punto y aparte. Podía obtener de la realidad figuras, sonidos y paisajes que únicamente eran visibles en su mente, imágenes encerradas en sus más profundos pensamientos, en sus más oscuros deseos, que cobraban forma en sus páginas: puertas hacia un mundo en el que los limites de la razón humana no eran más que una invención de aquellos locos que un día decidieron ser racionales y hacerse pasar por cuerdos. 
     
      Aquel mundo, ajeno a lo sórdido, ajeno a lo más puramente humano, a lo demasiado humano, le acogía y le mecía suavemente hasta que conseguía quedarse dormido y, entonces, ante él  comenzaban a bailar sombreros parlantes; ante él los hombres y las mujeres levitaban; las casas flotaban y los jardines se extendían inmensos y acogedores; la tierra se deshacía para reconstruirse cada día y el mar se volvía sólido para que los peces pudieran caminar y pararse a reflexionar; los animales disertaban en la selva sobre las ventajas  y desventajas de lo efímero y las personas se volvían justas a medida que iban cumpliendo años y así lograban ser felices y sonreír y no mentir, porque el amor existía realmente en aquel mundo.
     
      Y todo resultaba tan extrañamente sencillo, tan sumamente patético, tan extraordinariamente poético, que despertar solamente significaba
despedida, 
encierro.

"La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta."
Fernando Pessoa.

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